LOS COLMILLOS DE LA BESTIA
Dientes, colmillos gigantes, alzándose imponentes
en los límites del universo que se expande debajo de mí, hasta donde alcanza la
vista, en ese punto exacto donde la visión de nuestros ojos no llega y se
vuelve nula, allí descansan. Se los puede ver, como sombras de estatuas
ancestrales, cual monolitos de algún culto extinto, entre la bruma densa y
blanca que rodea toda la visión.
Con solo el vacío negro y abisal bajo mis pies, un
miedo paralizante se apoderó de mi alma. Sentía como si lo único que me
mantuviera flotando lejos de ese pozo de oscura profundidad fuera un delgado
hilo invisible, el cual aparece y desaparece a cada instante y se encuentra
siempre a punto de ceder, a punto de romperse y dejarme caer en esa inmensidad
de negra nada. Pero no cede, se contenta con dejarme oscilar, como el recuerdo
incorpóreo de un alma hecha de olvido, de finos hilos de memorias inconexas que,
aunque invisibles, se mecen en un viento inmóvil insinuando la forma de mi
cuerpo, o del que alguna vez fue mi cuerpo.
Se trata de un ser sobre el cual me resulta
imposible afirmar si posee lo que nosotros, los hombres, llamamos inteligencia,
o conciencia. No me resulta extravagante la afirmación a la que mis reflexiones
me han conducido. Considero que se trata de un ser de una monstruosidad
desmesurada, una fuerza colosal que, por mera inercia malevolente, lanza su
llamado al universo onírico para atraernos a su órbita y condenarnos a este
martirio de temor e incertidumbre, de vértigo malsano e inaguantable.
La bestia hueca, así es como llamo al ente de
dimensiones planetarias sobre el que floto, no tiene una definición clara, no
se presenta a sí mismo con conceptos de los humanos. La razón por la cual creo,
no, sé, que se trata de un ser que, a su forma, vive, y no de algo más cercano
a un objeto inanimado, no puede ser explicada por el limitado lenguaje de las
comunicaciones interhumanas. Esta noción llega a mí como un llamado, como un
mensaje, desde su aliento cavernoso, que se incrusta en mi conocimiento. Se
trata de un ser vivo, y más aún, se trata de un ser generador de nueva vida.
Afirmo esto porque siempre he sentido en su llamado, en su aliento cerebral,
una esencia paternal, algo que me precede y que, a partes iguales, me cobija y
me abruma, por su superioridad abrumadora. Quizás se trata de la auténtica
madre cósmica, he llegado a creer que es el alarido primero del caos en forma
catastrófica, pero corpórea al fin, que significa mi verdadero origen y el de
todos nosotros, más allá de los tiempos, de allí su presencia inconmensurable.
Es quizás este ente titánico, cuyas fauces parecen
evocar lo más negro y profundo de los infiernos mitológicos, los báratros más
abarrotados donde se sufren las peores torturas, aquellas que vuelven a la
muerte una salvación divina, aquella divinidad infinita de la cual nos desprendimos
una vez, y a la cual debemos nuestro milagro de vida. Pero, sabemos, y ya en
este padecimiento bajo la luz de una confirmación absoluta, que el
desprendimiento no ha sido total, seguimos, y seguiremos, encadenados a su mística
totalidad inicial.
Esta conexión se presenta como un deja vu del
arte, como aquellas visiones que nos confieren, por ejemplo, esas canciones
que, sin haberlas escuchado jamás, nos despiertan un vago recuerdo perdido, en
letanía, o aquellos cuadros inspirados en paisajes del otro lado del mundo pero
que, sin embargo, nos remontan a momentos y a visiones que nos negamos a creer
que pudieron no haber sido contemplados por nuestros propios ojos. Ocurre
también con esos poemas que nos llevan a observar las nubes en un cielo celeste,
recostados en un jardín cuyo suelo jamás hemos pisado, pero, aun así, sentimos
sus hierbas bajo nuestros pies. Se trata, pues, después de todo, de una
característica elemental de la vida y del universo: la muerte es
transformación, a la vez que la ruptura es reorganización. Y es que,
inexorablemente, coexistimos en esta comunicación continua —que se frustra por
las limitaciones carnales en innumerables ocasiones—, en alma, a distintos
niveles cada quien, con toda la humanidad y, a la vez, con esta divinidad
absoluta, en un mundo de sonidos, colores y recuerdos terrenales.
Mi conclusión, aquella que ha estado dando vueltas en mi mente desde que por primera vez fui transportado a este universo real de oscuras mitologías, tiene cada vez más peso de verdad en mi consideración. Creo que la madre que nos concibió para transitar en esta tierra nos ha llamado para flotar fantasmales sobre sus fauces inmensas, sin propósito aparente. Nuestra bestial progenitora primera es un ser idiota e inconsciente. Inconsciente a la vez de que nos ha creado, de su significado, de que hay un universo que la contiene, o, si resultase tal vez el caso opuesto, el universo es contenido por ella, ya no puedo afirmarlo, mi confianza en el mundo sensorial está cada vez más demacrada, antes lo consideré insuficiente, mas ahora lo sé banal.
Desde hace varias noches me encontraba recibiendo
la visita de sombras chirriantes, un enjambre de tinieblas, como insectos
brutales, del tamaño de la palma de mi mano, que se presentaban cada noche,
como un ejército abominable, y cubrían la habitación en que me encontraba, fuera
cual fuera esta. Aprendí a temerles porque lo entendí, porque lo descifré. Al
decirlo así pareciera que me atribuyo un orgullo por haberlo logrado, pero nada
más lejos de la realidad: se trata de una observación elemental, tan evidente
que me avergüenza no haberla alcanzado mucho antes. Inmediatamente después de
que la invasión de insectos negros cubriera la totalidad de la habitación,
oscureciéndola por completo, sucedía la visión fatal de las fauces inmensas, en
la que, flotando en la negrura y cubierto por la bruma, podía divisar los
lejanos colmillos.
Luego de lo que yo sentía como una eternidad,
volvía al mundo de lo inmediato, ese de segundos antes de que las sombras se
apoderaran de la habitación. El reloj delataba que habían pasado pocos minutos
más de una hora, pero la confirmación de los engranajes mecánicos no era capaz
de convencerme de que no había estado un mínimo de mil años volando inmóvil
sobre la boca del depredador supremo.
Por fortuna, si así corresponde llamar a un
acontecimiento derivado de este martirio, la desesperación que generaron en mí
las, cada vez más constantes, visitas de los insectos me empujaron a indagar en
mis noches noctámbulas, entre antiguos libros prohibidos de otras eras, un modo
de detener las apariciones de los insectos y librarme de esta maldición.
En el camino, en la búsqueda de una salvación,
comprendí, entre muchas cosas, que todo es mente. Todo se crea y se destruye,
se transforma, a modo de idea. Todo lo que nos rodea —nosotros mismos y las
percepciones que surgen de la interacción entre lo que creemos que somos y el
entorno— es un pensamiento que nunca acaba y que se encuentra en un ciclo
eterno. Comprendí además que las formas, los diseños arquitectónicos de lo que
existe, son finitas y que, sea cual sea la escala en que se manifiesten,
responden a una misma idea que no cambia en su esencia. Un creador, después de
todo, no es capaz de crear algo que se encuentre fuera de los límites de su
propia concepción. La quietud no existe, todo está en constante movimiento, estemos
dispuestos a notarlo o no, eso que llamamos destrucción, creación y
transformación, constituye el movimiento perpetuo de estos engranajes celestes.
Antes de perderme entre palabras y aforismos
vacíos, antes de caer en la insania, encontré, en un texto del cual el único
dato que puedo ofrecer es que se encontraba cubierto de polvo y de tiempo, unos
renglones que, presentándose como conjuro, se adjudicaban el poder de espantar
los demonios que son esbirros del llamado de la bestia del alfa y omega. En
estos esbirros mencionados identifiqué, rápidamente, a los insectos de mi
pesadilla, y no dudé en hacer uso del poder del conjuro recitándolo
fuertemente, esforzándome en que mis palabras, el eco de mi voz, retumbaran en
las paredes para que, por si eran sordas, aquellas artimañas sintieran el
sonido en sus cuerpos. Pero no era necesario tal esfuerzo, las palabras, el
propio conjuro, tenían fuerza en sí mismas, así lo sentí.
Algunas semanas transcurrieron tranquilamente
gracias a este arcano conjuro. Pese a que, en el fondo de mi mente, perduraba
un oscuro temor irrevocable, llegué a intentar convencerme de que ya todo
estaba solucionado y no volvería a ser víctima de esas visiones fatales.
Durante esos días todo tenía un color brillante, la música era más bella, y la
naturaleza era una caricia al alma, quizás esto fue fruto de la comparación
involuntaria que aplicaba mi percepción, teniendo como parámetro el denso
ambiente de ese rincón oscuro e infinito que, por fortuna, había dejado de
frecuentar.
Pero una noche me despertó una pesadilla, de esas
que hacía tiempo no irrumpían en mis sueños. Soñé estar frente a la esbelta y
monumental imagen de Mnemosine. Reconocí su rostro, era aquel de las pinturas
de Dante, sentí que se trataba de aquella titánica divinidad. Vi a uno de los
insectos negros recorriendo la imagen, lo cual me abrumó, pues hasta ese
momento pensaba que nunca más tendría que someterme a tal visión. El siniestro
surgió de la imagen, brotando de una hendidura en el cuello de la hermosa diosa,
y, posteriormente, la divina figura comenzó a tornarse opaca, y a disolverse
después, hasta que se desplomó funestamente frente a mí, que no podía evitar
llorar y sentir una profunda tristeza por su caída.
Muchos días pasaron desde esa noche, no le di
importancia alguna. Hubo un incendio en mi casa, no me apena, aunque se haya
llevado todas mis posesiones materiales, mis libros, muebles y demás, pues,
sinceramente, fruto de las fantasmales visiones, no tenía buenos recuerdos de
mis posesiones, ya no significaban para mí nada en comparación a la hermosa
naturaleza del mundo. Tomó solo algunos días volver a poner mi morada en
condiciones, aunque perdí todo lo demás, la estructura de la casa se encontraba
intacta.
Con los meses el olvido carcomió las palabras de
mi mente, el conjuro aquel, que al yo recitar ahuyentaba a los insectos de la
sombra, se había borrado de mi memoria, y al intentar su evocación solo atinaba
a unas pobres palabras sueltas e inconexas carentes de sentido, por lo cual, en
no mucho tiempo, la habitación hasta entonces segura se convirtió también en
morada atroz de los insectos.
Se unieron de forma inmediata los seres negros que
carcomían las paredes, los techos, los pisos y el aire, con la misma negrura
que evocaban las fauces de la bestia infernal y que me rodeaban siempre que
visitaba este oscuro aposento de sufrimiento. Y ahora, aún, me encuentro en
esta red de nada, donde sonidos, colores y hasta sombras son negrura infinita, con
densa bruma, y colmillos, colmillos al final del horizonte, que cercan lo que,
ahora sé, es el universo en su totalidad.
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