sábado, 7 de noviembre de 2026

LOS COLMILLOS DE LA BESTIA (Cuento)

LOS COLMILLOS DE LA BESTIA


Dientes, colmillos gigantes, alzándose imponentes en los límites del universo que se expande debajo de mí, hasta donde alcanza la vista, en ese punto exacto donde la visión de nuestros ojos no llega y se vuelve nula, allí descansan. Se los puede ver, como sombras de estatuas ancestrales, cual monolitos de algún culto extinto, entre la bruma densa y blanca que rodea toda la visión.

Con solo el vacío negro y abisal bajo mis pies, un miedo paralizante se apoderó de mi alma. Sentía como si lo único que me mantuviera flotando lejos de ese pozo de oscura profundidad fuera un delgado hilo invisible, el cual aparece y desaparece a cada instante y se encuentra siempre a punto de ceder, a punto de romperse y dejarme caer en esa inmensidad de negra nada. Pero no cede, se contenta con dejarme oscilar, como el recuerdo incorpóreo de un alma hecha de olvido, de finos hilos de memorias inconexas que, aunque invisibles, se mecen en un viento inmóvil insinuando la forma de mi cuerpo, o del que alguna vez fue mi cuerpo.

Se trata de un ser sobre el cual me resulta imposible afirmar si posee lo que nosotros, los hombres, llamamos inteligencia, o conciencia. No me resulta extravagante la afirmación a la que mis reflexiones me han conducido. Considero que se trata de un ser de una monstruosidad desmesurada, una fuerza colosal que, por mera inercia malevolente, lanza su llamado al universo onírico para atraernos a su órbita y condenarnos a este martirio de temor e incertidumbre, de vértigo malsano e inaguantable.

La bestia hueca, así es como llamo al ente de dimensiones planetarias sobre el que floto, no tiene una definición clara, no se presenta a sí mismo con conceptos de los humanos. La razón por la cual creo, no, sé, que se trata de un ser que, a su forma, vive, y no de algo más cercano a un objeto inanimado, no puede ser explicada por el limitado lenguaje de las comunicaciones interhumanas. Esta noción llega a mí como un llamado, como un mensaje, desde su aliento cavernoso, que se incrusta en mi conocimiento. Se trata de un ser vivo, y más aún, se trata de un ser generador de nueva vida. Afirmo esto porque siempre he sentido en su llamado, en su aliento cerebral, una esencia paternal, algo que me precede y que, a partes iguales, me cobija y me abruma, por su superioridad abrumadora. Quizás se trata de la auténtica madre cósmica, he llegado a creer que es el alarido primero del caos en forma catastrófica, pero corpórea al fin, que significa mi verdadero origen y el de todos nosotros, más allá de los tiempos, de allí su presencia inconmensurable.

Es quizás este ente titánico, cuyas fauces parecen evocar lo más negro y profundo de los infiernos mitológicos, los báratros más abarrotados donde se sufren las peores torturas, aquellas que vuelven a la muerte una salvación divina, aquella divinidad infinita de la cual nos desprendimos una vez, y a la cual debemos nuestro milagro de vida. Pero, sabemos, y ya en este padecimiento bajo la luz de una confirmación absoluta, que el desprendimiento no ha sido total, seguimos, y seguiremos, encadenados a su mística totalidad inicial.

Esta conexión se presenta como un deja vu del arte, como aquellas visiones que nos confieren, por ejemplo, esas canciones que, sin haberlas escuchado jamás, nos despiertan un vago recuerdo perdido, en letanía, o aquellos cuadros inspirados en paisajes del otro lado del mundo pero que, sin embargo, nos remontan a momentos y a visiones que nos negamos a creer que pudieron no haber sido contemplados por nuestros propios ojos. Ocurre también con esos poemas que nos llevan a observar las nubes en un cielo celeste, recostados en un jardín cuyo suelo jamás hemos pisado, pero, aun así, sentimos sus hierbas bajo nuestros pies. Se trata, pues, después de todo, de una característica elemental de la vida y del universo: la muerte es transformación, a la vez que la ruptura es reorganización. Y es que, inexorablemente, coexistimos en esta comunicación continua —que se frustra por las limitaciones carnales en innumerables ocasiones—, en alma, a distintos niveles cada quien, con toda la humanidad y, a la vez, con esta divinidad absoluta, en un mundo de sonidos, colores y recuerdos terrenales.

Mi conclusión, aquella que ha estado dando vueltas en mi mente desde que por primera vez fui transportado a este universo real de oscuras mitologías, tiene cada vez más peso de verdad en mi consideración. Creo que la madre que nos concibió para transitar en esta tierra nos ha llamado para flotar fantasmales sobre sus fauces inmensas, sin propósito aparente. Nuestra bestial progenitora primera es un ser idiota e inconsciente. Inconsciente a la vez de que nos ha creado, de su significado, de que hay un universo que la contiene, o, si resultase tal vez el caso opuesto, el universo es contenido por ella, ya no puedo afirmarlo, mi confianza en el mundo sensorial está cada vez más demacrada, antes lo consideré insuficiente, mas ahora lo sé banal.

Desde hace varias noches me encontraba recibiendo la visita de sombras chirriantes, un enjambre de tinieblas, como insectos brutales, del tamaño de la palma de mi mano, que se presentaban cada noche, como un ejército abominable, y cubrían la habitación en que me encontraba, fuera cual fuera esta. Aprendí a temerles porque lo entendí, porque lo descifré. Al decirlo así pareciera que me atribuyo un orgullo por haberlo logrado, pero nada más lejos de la realidad: se trata de una observación elemental, tan evidente que me avergüenza no haberla alcanzado mucho antes. Inmediatamente después de que la invasión de insectos negros cubriera la totalidad de la habitación, oscureciéndola por completo, sucedía la visión fatal de las fauces inmensas, en la que, flotando en la negrura y cubierto por la bruma, podía divisar los lejanos colmillos.

Luego de lo que yo sentía como una eternidad, volvía al mundo de lo inmediato, ese de segundos antes de que las sombras se apoderaran de la habitación. El reloj delataba que habían pasado pocos minutos más de una hora, pero la confirmación de los engranajes mecánicos no era capaz de convencerme de que no había estado un mínimo de mil años volando inmóvil sobre la boca del depredador supremo.

Por fortuna, si así corresponde llamar a un acontecimiento derivado de este martirio, la desesperación que generaron en mí las, cada vez más constantes, visitas de los insectos me empujaron a indagar en mis noches noctámbulas, entre antiguos libros prohibidos de otras eras, un modo de detener las apariciones de los insectos y librarme de esta maldición.

En el camino, en la búsqueda de una salvación, comprendí, entre muchas cosas, que todo es mente. Todo se crea y se destruye, se transforma, a modo de idea. Todo lo que nos rodea —nosotros mismos y las percepciones que surgen de la interacción entre lo que creemos que somos y el entorno— es un pensamiento que nunca acaba y que se encuentra en un ciclo eterno. Comprendí además que las formas, los diseños arquitectónicos de lo que existe, son finitas y que, sea cual sea la escala en que se manifiesten, responden a una misma idea que no cambia en su esencia. Un creador, después de todo, no es capaz de crear algo que se encuentre fuera de los límites de su propia concepción. La quietud no existe, todo está en constante movimiento, estemos dispuestos a notarlo o no, eso que llamamos destrucción, creación y transformación, constituye el movimiento perpetuo de estos engranajes celestes.

Antes de perderme entre palabras y aforismos vacíos, antes de caer en la insania, encontré, en un texto del cual el único dato que puedo ofrecer es que se encontraba cubierto de polvo y de tiempo, unos renglones que, presentándose como conjuro, se adjudicaban el poder de espantar los demonios que son esbirros del llamado de la bestia del alfa y omega. En estos esbirros mencionados identifiqué, rápidamente, a los insectos de mi pesadilla, y no dudé en hacer uso del poder del conjuro recitándolo fuertemente, esforzándome en que mis palabras, el eco de mi voz, retumbaran en las paredes para que, por si eran sordas, aquellas artimañas sintieran el sonido en sus cuerpos. Pero no era necesario tal esfuerzo, las palabras, el propio conjuro, tenían fuerza en sí mismas, así lo sentí.

Algunas semanas transcurrieron tranquilamente gracias a este arcano conjuro. Pese a que, en el fondo de mi mente, perduraba un oscuro temor irrevocable, llegué a intentar convencerme de que ya todo estaba solucionado y no volvería a ser víctima de esas visiones fatales. Durante esos días todo tenía un color brillante, la música era más bella, y la naturaleza era una caricia al alma, quizás esto fue fruto de la comparación involuntaria que aplicaba mi percepción, teniendo como parámetro el denso ambiente de ese rincón oscuro e infinito que, por fortuna, había dejado de frecuentar.

Pero una noche me despertó una pesadilla, de esas que hacía tiempo no irrumpían en mis sueños. Soñé estar frente a la esbelta y monumental imagen de Mnemosine. Reconocí su rostro, era aquel de las pinturas de Dante, sentí que se trataba de aquella titánica divinidad. Vi a uno de los insectos negros recorriendo la imagen, lo cual me abrumó, pues hasta ese momento pensaba que nunca más tendría que someterme a tal visión. El siniestro surgió de la imagen, brotando de una hendidura en el cuello de la hermosa diosa, y, posteriormente, la divina figura comenzó a tornarse opaca, y a disolverse después, hasta que se desplomó funestamente frente a mí, que no podía evitar llorar y sentir una profunda tristeza por su caída.

Muchos días pasaron desde esa noche, no le di importancia alguna. Hubo un incendio en mi casa, no me apena, aunque se haya llevado todas mis posesiones materiales, mis libros, muebles y demás, pues, sinceramente, fruto de las fantasmales visiones, no tenía buenos recuerdos de mis posesiones, ya no significaban para mí nada en comparación a la hermosa naturaleza del mundo. Tomó solo algunos días volver a poner mi morada en condiciones, aunque perdí todo lo demás, la estructura de la casa se encontraba intacta.

Con los meses el olvido carcomió las palabras de mi mente, el conjuro aquel, que al yo recitar ahuyentaba a los insectos de la sombra, se había borrado de mi memoria, y al intentar su evocación solo atinaba a unas pobres palabras sueltas e inconexas carentes de sentido, por lo cual, en no mucho tiempo, la habitación hasta entonces segura se convirtió también en morada atroz de los insectos.

Se unieron de forma inmediata los seres negros que carcomían las paredes, los techos, los pisos y el aire, con la misma negrura que evocaban las fauces de la bestia infernal y que me rodeaban siempre que visitaba este oscuro aposento de sufrimiento. Y ahora, aún, me encuentro en esta red de nada, donde sonidos, colores y hasta sombras son negrura infinita, con densa bruma, y colmillos, colmillos al final del horizonte, que cercan lo que, ahora sé, es el universo en su totalidad.





Markku Leottinsson, 2026

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