El autor eviterno
Nació como cualquier otro, bajo los cielos más ordinarios y sobre las tierras más comunes. No soportó, a lo largo de su vida, ningún flagelo que no sea natural a la condición humana y para el cual todo hombre debe estar preparado.
Desde siempre, es decir, desde el momento en que la memoria comienza a albergar símbolos hasta el momento en que esa memoria se pierde y todos esos símbolos, y su contenido, se esfuman, había soñado ser escritor. Este sueño careció de brillo trágico, porque, desde que entró en contacto con el lenguaje, lo dominó a la perfección. Se volvió diestro, sin la menor dificultad, en el arte de manipular las palabras. Controlar el lenguaje le era tan natural como le era respirar. Para él no existía fulgor heroico en dicha empresa.
Ante él, cualquier papel en blanco se presentaba como un lugar en el que plasmar la más perfecta e intachable literatura. No importaba el tiempo ni el lugar, no existía circunstancia alguna con la capacidad de atentar contra la genialidad creadora que lo abordaba y tomaba control de él como un ente demoníaco del más profundo paraje celestial. Este estado lo llevaba, inequívocamente, a dar a luz un escrito inmejorable, producto final de una prosa que se desarrollaba sin titubeos, en modo ágil y con la gracia majestuosa de un serafín que se eleva frente a una multitud hebrea.
La simetría matemática, que se halla oculta en el lenguaje, encontraba en sus escritos la más pura representación de su ideal. No era posible encontrar fallo alguno en sus redacciones, pues nada sobraba en ellas y nada se echaba en falta.
No pasó mucho hasta que su mención fue un evento de circulación social. Llegó a él, entonces, la fama, el maldito favor de la muchedumbre sin rostro. La popularidad de sus escritos, propiamente, palidecía ante la que habían cobrado tanto su nombre como su enorme talento, del cual nadie dudaba, a pesar de ser pocos los que, efectivamente, habían leído sus creaciones. No es más que un chisme intrascendente mencionar que se hizo de cierto prestigio en los circuitos literarios. Tales cosas, al propio autor no le interesaban en lo más mínimo.
La realidad de su talento comenzó a mezclarse con mentiras. Los comentarios especializados sobre sus obras se confundían con los parloteos de algunos charlatanes que jamás habían leído ni los más básicos panfletos comerciales. De igual modo ocurría con su persona, que se difuminaba entre leyendas exageradas, tergiversadas a través de un boca a boca constante que, como bien sabemos, es enemigo de la veracidad.
Era sabido, ya por todos, que el divino tesoro de la perfección artística no guardaba secretos para él, una vez que entraba en contacto con la pluma. Porque la habilidad más pecaminosa le había sido concedida como un don del destino. Esta habilidad es, naturalmente, el pecado de la divinidad, ser portador de las manos del creador, las palmas del majestuoso génesis creativo. Ser padre de creaciones que compiten con lo más bello que los paisajes naturales son capaces de ofrecer, con lo más pulcro que la pintura universal presenta, y alcanzan a acariciar las ensoñaciones etéreas presentes en las horas más tardías de los más románticos soñadores, constituye, como no puede ser de otra manera, un pecado imperdonable. Un atentado cósmico en la jerarquía divina que, inexorablemente, nos rige, y una maldición, en última instancia. Una enormidad de talento que ningún hombre puede contener sin poner a disposición del destino, en un cruel y riesgoso juego, su cordura.
Pretenderse artista y procurar la creación de una obra, habiendo ya visto la excelencia inalcanzable que su alma impoluta era capaz de labrar con palabras, era entregarse absolutamente al rigor de una vergüenza abominable. Tal circunstancia le valió, al eximio poeta, el más profundo odio por parte de todos aquellos que pretendían escribir literatura. Maldecían bárbaramente haber sido contemporáneos al genio, y rogaban que llegue el día en que tanto el autor inalcanzable como todas sus creaciones se encuentren sepultados bajo la tierra, el tiempo y el olvido.
Cuando el odio se vuelve colosal, alcanza un grado en el que no puede ser contenido por los límites del deseo, los malos augurios y el rencor silencioso, y acaba desembocando inevitablemente en la acción. Este genio es un intruso en el mundo ideal de los frustrados, rompe sus esquemas predeterminados y se hace merecedor de hostilidad por su propia existencia en el mismo plano. Es decir, es un visitante al cual se le debe negar tajantemente la hospitalidad kantiana. Sobra decir que no existe una matriz del intelecto que regule el malicioso accionar de estas personas. Se limita a una avalancha de acciones vagas que, en conjunto, procuran la destrucción de todo aquello que, ante sus bestiales ojos, es el mal que ha engendrado la tierra con el único objetivo de ofender su talento y su amada pasión, es decir, de ofenderlo a él en lo que es más íntimo, más suyo.
Uno de estos mediocres envidiosos, víctima hostigada por el rencor incontenible que antes fue referenciado, tomó la decisión de encender el recinto del genio que lo abrumaba, y apagar así, con fuego, la agonía que lo perseguía. En una noche tranquila y vulgar, donde no hay persona presente, ni estrellas, ni luz alguna, caminó por esas calles y, en maquinal actitud, asegurándose de que nadie lo vea, como un autómata nacido para el delito, arrojó un paño encendido hacia el recinto del autor. Se quedó frente a las llamas nacientes que comenzaban a envolver la estructura por fuera. Permaneció allí el tiempo exacto para poder disfrutar del fuego que avanzaba y poder alejarse antes de que cualquier transeúnte noctámbulo pudiese verlo allí. Su talento para los actos perversos escapa a todo debate.
Pese a que absolutamente todos sus escritos se perdieron, el autor genial sobrevivió sin ningún percance. Pues, en somnolientas horas, se percató del humo que ingresaba inescrupuloso a su habitación y, alertado, caminó tranquilamente fuera de su casa, huyendo sin pavor alguno. Se encontró pronto en la vereda donde, de pie en el mismo lugar en que hace minutos se encontraba el causante del fuego, observó quemarse su casa y todas sus pertenencias materiales, entre ellas toda su literatura. Pero la pérdida de todas sus creaciones no afectó en lo más mínimo el ánimo del autor. Eso ya había sido escrito, ya no le pertenecía ni valía nada desde su perspectiva, estaba fuera de él y, por ende, pertenecía, como todo lo demás, a la mediocridad llana del universo material.
Unos días después de lo ocurrido en esa noche, ya en su nueva casa, conseguida rápidamente, casi por acción automática de su prestigio en los círculos correctos, se sentó en su escritorio. Con la pluma ya entintada en su mano derecha, se dispuso a escribir, que era, después de todo, su vida. Su mente se quedó en blanco, tan blanca como el papel que tenía frente a él y que, antes, era un lienzo infinito sobre el cual plasmar su genialidad intrínseca. Ahora se presentaba como un mármol inviolable al cual no se podía ingresar para modificar su titánica naturaleza de rigidez inviolable.
Vio el fuego, imaginó su casa, la sintió arder junto a todos sus libros, los observó volverse cenizas.
No sabía qué escribir, notó que nunca lo supo, comprendió que lo natural ya no lo era, o nunca lo fue, supo ver la pérdida de algo y se vio imposibilitado de proceder como siempre lo había hecho. Encontró en él algo nuevo, algo que nunca había encontrado y, por tanto, cuya existencia ignoraba completamente. Esto era la duda. Por primera vez albergó en su pecho la duda. Habiendo advertido esto, con un pragmatismo voraz, frío y calculador, de ese que no admite titubeos, se arrancó la vida, ya sin duda alguna. No tenía nada que hacer aquí, lo había escrito todo.
Hoy, la relectura de sus obras arroja la desconcertante certeza de que había acertado en su última reflexión. No hay aventura del lenguaje ni de la inteligencia que escape de estar presente en el despliegue de sus oscurecidos renglones.
Markku Leottinsson, 2026