domingo, 1 de noviembre de 2026

LOS DÍAS PARA UN ENJAMBRE: EL DÍA DEL MECANISMO (Cuento)

 

LOS DÍAS PARA UN ENJAMBRE: EL DÍA DEL MECANISMO


Toda muerte es una tragedia, y toda vida arrastra la inexorabilidad de la muerte, la vida es, entonces, tragedia potencial constante. Y esto lo advierte quien se haya entregado al arte elevado alguna vez. Se puede decir que todo rastro o acto de felicidad, de amor, o de eternidad, conspira contra el universo. Va contra él, lucha contra su malevolente voluntad.
Siguiendo esta línea de pensamiento podemos afirmar que, cuando se actúa contra natura, se lucha contra el trágico final. Pero existen ocasiones donde Él, que es quizás el mayor maestro en todo arte, hace de la ironía su veneno en acción. Toda muerte es una tragedia, toda vida es una tragedia; mas no hay historia trágica más amarga que la que no se alcanzó a forjar, no hay peor muerte que la de un fugaz fuego de artificio, como Oscar supo contarla.
Todas estas reflexiones rondaron su mente durante los días que aquí se narran.
Traunio despertó, con un fuerte sabor a incienso en los labios, de algún modo reconoció ese sabor como propio, como familiar. Será porque tiene la sensación de volverse ceniza a cada instante, o la suprema percepción de la inmediatez inevitable. Cenizas y aire, solo cenizas y aire, o quizás es el sabor natural de una madrugada después de menos de dos horas de sueño.
Traunio despertó, solo para continuar con la rutina que desde hacía unos días había consumido todo su tiempo obsesivamente; se sentó nuevamente frente al espejo, tomando el extraño mecanismo en sus manos y observándolo intensamente, con una actitud que oscilaba entre la curiosidad y la obnubilación total. A medida que su reflejo, justo frente a él, imitaba cada uno de sus movimientos, sus ojos y sus pensamientos paseaban, se perdían en los laberínticos engranajes que componían el mecanismo, que formaban toda su compleja formación, como si se tratara de una obra que no podía ser creación más que del artesano supremo, del máximo arquitecto cósmico, como si nada que no excediera los parámetros racionales pudiera haber formado parte de la elaboración de tan singular artilugio. Mientras divagaba, su reflejo se hacía más extraño, más distante, más irreal. De repente, cuando se encontraba perdido en los más profundos pensamientos, levantó la mirada y lo vio.
Traunio despertó de su trance, saltó violentamente de su silla, no sin antes dejar sobre su escritorio al extraño artilugio, con la misma suavidad con la que las nubes acarician el horizonte. Con un puntapié quebró el espejo y rompió el reflejo que se ocultaba tras esa puerta de cristal y plata; destruyó así a su siniestro doble. Pero su reflejo aún estaba ahí: en cada trozo del espejo que descansaba en el suelo había un nuevo reflejo de él. Era una señal que no podía ignorar.
—¿Por qué? —gritó—. ¡Son millones de espejos! ¿Por qué están todos unidos en uno sin necesitarse? ¡El reflejo es exactamente igual!
Y entonces, como si el mecanismo hubiera encontrado por fin su lengua, algo sonó dentro del espejo.
—Solipsismo —exclamó la voz final.
Mientras tanto, sus ojos recorrían cada centímetro del suelo de su habitación, buscando sus ojos en cada reflejo, esos mismos ojos en cada reflejo, esos mismos ojos que desde hacía tantos días lo observaban, lo veían existir.
—Proyección —exclamó la voz final.
Como última opción, para detener la abrumadora sensación opresora que la visión de los ojos le provocaba, se puso de rodillas y, con su puño cerrado, se dispuso a quebrar los reflejos, los ojos; pero en el momento se detuvo y gritó:
—¡No! —Levantó su puño iracundo, llevándolo tras su cabeza—. ¡El espejo se rompe y el reflejo se duplica!
—Entropía —exclamó la voz final, concluyente.
Y Traunio, que había sido creador, supo por primera vez que algo lo estaba creando a él.
La ciudad deambulaba sus ancianos senderos inviolables, día a día, todos los hombres por igual, fieles a su rutina, ignoraban por completo las penurias de la mente que se deshilachaba entre las paredes de una habitación oculta. Los hechos metafísicos no alteraban en nada su jornada; les resultaban irrelevantes, dolor efímero de un ser intrascendente y pasajero. En la ciudad los bancos abrían sus puertas, las cartas comenzaban sus viajes individuales hacia destinos varios, los jardineros iniciaban su labor de embellecer las flores. El zapatero revisaba, como siempre, antes de comenzar cada día, un par de viejas botas de cuero negro, las cuales un anónimo visitante le legó con la intención de que las reparase, pero jamás volvió por ellas. En ellas guardaba sus diamantes con recelo, pues suponía que jamás nadie buscaría allí en caso de pretender hurtarle tan valioso tesoro.
La mente de Traunio ya era cada vez menos mente, convirtiéndose en una máquina inerte que ejecutaba un patrón cíclico. Cada vez actuaba más por inercia, y sus emociones eran como las flores de un parque diariamente atravesado por cansinos suicidas habituales, caminantes de las sendas para ellos tramadas; dichas flores se encuentran allí, sí, pero no alteran en nada las elecciones ni lo que acaba por pasar, tan solo alcanzan a embellecer el paisaje y endulzar la vista unos instantes, una bonanza efímera.
Intrigado profundamente, cada vez más, hacía unas semanas había pasado todo un día tomando medidas, y se aseguró de que su presunción fuese correcta.
—Existe un espacio tras esa pared, un lugar vacío encerrado entre paredes —afirmaba.
El agotamiento físico lo venció; no pudo seguir ese día, pese a que la intriga lo empujara a continuar hasta develar todo secreto. Quizá los números no lo demuestren, quizá las mediciones pragmáticas que ha efectuado no arrojen tal evidencia, pero se negaba a admitir que no hay un secreto tras esos muros; él reconoció su poder y procuró no caer en la trampa que la realidad le había plantado.
—¡El muro caerá pronto! —se juró.
En medio de su atávica labor sintió el llamado, inconfundible. Desde su mesa lo llamaba el artefacto, aquel mecanismo ancestral. El movimiento de sus componentes, la profundidad de sus engranajes eran la caja de resonancia magna de un canto recóndito sin significado, con el único e inconfundible valor de ejercer «la llamada», reclamar la presencia, la advertencia sobre sí. Al vibrar el aire al compás del artefacto, todos los sentidos de Traunio se vieron arrastrados hacia él; su mundo, ahora, era la acción de los componentes del artilugio.
Abandonó la tarea de destruir el muro, abandonó también cualquier otra ambición; el sonido se hizo incesante desde ese mismo momento. Aquel sonido, campana de un eco eterno, acudió como a sellar el muro antes de su caída, y condenó a Traunio a limitar su conciencia a las acciones del mecanismo.
Así como los habitantes de la ciudad, como él mismo antes, Traunio y su mente siguieron su inquebrantable rutina. Pero ya no consistía en paseos por el parque donde observar flores insípidas, sino en la constante y gélida observación de las jornadas mecánicas y su influjo universal.
Anyona lo amaba, y por ello penaba, le dolía verlo así. Él la había olvidado hacía ya mucho tiempo, pero no por eso el dolor de Anyona era menos real. La concibió —compañía silenciosa y maleable— cuando las horas de soledad amenazaron su cordura, como fantasmas sonámbulos que arrastran oxidadas cadenas, mucho antes del mecanismo. Anyona era fantasmal y etérea, como encadenada a lo imaginario, carente, como lo que solo sabe ser gentil. Traunio sabía que, en el momento de su último aliento, solo le quedaría aire en los pulmones para suspirar una cosa:
—Anyona me ama…
Esto le asqueaba, le avergonzaba; la mera existencia de Anyona era una declaración inolvidable de lo patético de su propia imagen, la definitiva afirmación de que su mente admite que jamás podría existir nadie capaz de dedicar amor hacia un ser como él. Con esta percepción en su alma es que, tiempo atrás, había optado por abandonar a Anyona en las fosas del olvido, aunque, desgraciadamente, y con cada vez más frecuencia, su recuerdo volvía en forma de angelical lamento a perturbar sus vigilias.
Estas visitas espectrales cesaron luego del día en que el mecanismo se apoderó de la mente de Traunio, ahogando sus sentidos, ahogando su inmanencia en la nube embriagadora de su cósmica marcha infinita. Su vida toda, minuto a minuto, abocada completamente a su andar, arrojado a la travesía de descifrar sus códigos infinitos.
Nos toca aquí hablar del origen del mecanismo; las manos de Traunio jamás antes ni después han conocido obra similar, solo había sabido tener contacto con vacíos intentos fallidos en constante colapso, nada como la maquinaria perfecta que el artilugio representaba. Resulta una osadía colosal pretender arrojar luz plena sobre un hecho que el mismo Traunio no ha conseguido comprender en su totalidad, ni se ha dispuesto a intentarlo; la eternidad será la encargada de conceder perdón, o no, a tan ruin blasfemia.
Lo que puede establecerse como afirmación taxativa es que los inmemoriales engranajes poseen su génesis, si es que la poseen, en un tiempo que se escapa a nuestra comprensión, como las epopeyas de las míticas constelaciones; es un año sin nombre, más allá de lo que podemos englobar con la palabra tiempo. Ha estado aquí mucho antes y aquí estará, aun en locomoción malsana, cuando los últimos resabios de las vampíricas almas de los más sabios poetas y filósofos hayan sido reducidos a la insignificancia del polvo.
Traunio despertó, un día, quizá aún inconsciente, arrastrado por sus visiones oníricas, inspiradas tal vez por la entidad que luego albergaría el mecanismo, y construyó la maquinaria que luego robó sus sueños y sus días. Traunio construyó el artefacto con técnicas que le eran desconocidas hasta antes de la construcción del mismo, utilizando materiales desconocidos para él, y que le resultarían imposibles de replicar luego, pese a sus incansables y frustrantes intentos en el hábitat de Hefesto. Pero durante la elaboración del circuito bestial todo parecía fluir, como si en sus sueños hubiera sido poseído por una musa histérica; el material surgía espontáneo desde la punta de sus dedos, y sus movimientos de artesano cósmico eran ligeros, naturales y precisos, como si hubiera hecho lo mismo en otros tiempos, en otros universos, en infinidad de ocasiones. Hasta que por fin terminó la construcción del alucinante aparato; inmediatamente después comenzó su miserable calvario, una obsesión por él.
Ya durante los primeros días de la observación comenzaron a surgir de su mente reflexiones extrañas, ajenas, no porque no fueran naturales en él, sino porque eran realidades imposibles, con las que jamás había tenido contacto. Sentimientos como el miedo, reflexiones sobre la muerte, emociones tan humanas, se hicieron presentes en su mente; ideas sobre un universo malvado que lo arrastraba hacia un supuesto final. A él, a un ser divino, a un creador, tales conceptos no podían serle más ajenos. Aun así, estas ideas retumbaban en sus pensamientos, como un martillo punzante; sus reflexiones sobre tales cuestiones, tan absurdas para él, eran profundas y apasionadas, emotivas y desgarradoras, y así continuaron.
Un día, con el recuerdo, casi extinto, del rostro de Anyona aún en su pupila, como imago mortis, y con lágrimas amargas como despedidas, sus ojos se secaron. No hubo estruendo ni ceniza visible: solo el breve parpadeo de una luz que se extingue. Traunio yacía sin vida, no despertaría más de ese sueño. El mecanismo, inalterado, brillaba con más fuerza, con más vida que antes; el oxidado color dorado que lo caracterizaba lucía especialmente ámbar, como si a su brillo áureo se le hubiera amalgamado un oscuro castaño, el mismo color que, en vida, habían tenido los ojos de Traunio.
El sol se elevó sobre el horizonte al amanecer; las personas volvieron a sus tareas habituales, a recorrer sus habituales senderos. Hasta el zapatero siguió igual, con sus diamantes escondidos en sus viejas botas de cuero negro, para que nadie jamás los vea.
El mecanismo, indudablemente, aún se encuentra intacto, incorrupto en medio de las decadentes ruinas de algún mundo devastado, rodeado por un entorno carente de significado. Una eminencia de la devastación que no puede comprenderse con la lógica de la maldad ni del instinto, sino únicamente con la naturaleza de una entidad que los excede brutalmente. ¿Cuántas vidas arrastrará esa esfera de maldición? Abandonada, una fuerza suprema sabrá conservar su inerte perdurar, mientras los tiempos remotos se deshojan a su alrededor, viendo a sus dioses, sus colosos, caer trágicamente.





Markku Leottinsson, 2026

lunes, 26 de octubre de 2026

El autor eviterno (Cuento)

 

El autor eviterno


Nació como cualquier otro, bajo los cielos más ordinarios y sobre las tierras más comunes. No soportó, a lo largo de su vida, ningún flagelo que no sea natural a la condición humana y para el cual todo hombre debe estar preparado.
Desde siempre, es decir, desde el momento en que la memoria comienza a albergar símbolos hasta el momento en que esa memoria se pierde y todos esos símbolos, y su contenido, se esfuman, había soñado ser escritor. Este sueño careció de brillo trágico, porque, desde que entró en contacto con el lenguaje, lo dominó a la perfección. Se volvió diestro, sin la menor dificultad, en el arte de manipular las palabras. Controlar el lenguaje le era tan natural como le era respirar. Para él no existía fulgor heroico en dicha empresa.
Ante él, cualquier papel en blanco se presentaba como un lugar en el que plasmar la más perfecta e intachable literatura. No importaba el tiempo ni el lugar, no existía circunstancia alguna con la capacidad de atentar contra la genialidad creadora que lo abordaba y tomaba control de él como un ente demoníaco del más profundo paraje celestial. Este estado lo llevaba, inequívocamente, a dar a luz un escrito inmejorable, producto final de una prosa que se desarrollaba sin titubeos, en modo ágil y con la gracia majestuosa de un serafín que se eleva frente a una multitud hebrea.
La simetría matemática, que se halla oculta en el lenguaje, encontraba en sus escritos la más pura representación de su ideal. No era posible encontrar fallo alguno en sus redacciones, pues nada sobraba en ellas y nada se echaba en falta.
No pasó mucho hasta que su mención fue un evento de circulación social. Llegó a él, entonces, la fama, el maldito favor de la muchedumbre sin rostro. La popularidad de sus escritos, propiamente, palidecía ante la que habían cobrado tanto su nombre como su enorme talento, del cual nadie dudaba, a pesar de ser pocos los que, efectivamente, habían leído sus creaciones. No es más que un chisme intrascendente mencionar que se hizo de cierto prestigio en los circuitos literarios. Tales cosas, al propio autor no le interesaban en lo más mínimo.
La realidad de su talento comenzó a mezclarse con mentiras. Los comentarios especializados sobre sus obras se confundían con los parloteos de algunos charlatanes que jamás habían leído ni los más básicos panfletos comerciales. De igual modo ocurría con su persona, que se difuminaba entre leyendas exageradas, tergiversadas a través de un boca a boca constante que, como bien sabemos, es enemigo de la veracidad.
Era sabido, ya por todos, que el divino tesoro de la perfección artística no guardaba secretos para él, una vez que entraba en contacto con la pluma. Porque la habilidad más pecaminosa le había sido concedida como un don del destino. Esta habilidad es, naturalmente, el pecado de la divinidad, ser portador de las manos del creador, las palmas del majestuoso génesis creativo. Ser padre de creaciones que compiten con lo más bello que los paisajes naturales son capaces de ofrecer, con lo más pulcro que la pintura universal presenta, y alcanzan a acariciar las ensoñaciones etéreas presentes en las horas más tardías de los más románticos soñadores, constituye, como no puede ser de otra manera, un pecado imperdonable. Un atentado cósmico en la jerarquía divina que, inexorablemente, nos rige, y una maldición, en última instancia. Una enormidad de talento que ningún hombre puede contener sin poner a disposición del destino, en un cruel y riesgoso juego, su cordura.
Pretenderse artista y procurar la creación de una obra, habiendo ya visto la excelencia inalcanzable que su alma impoluta era capaz de labrar con palabras, era entregarse absolutamente al rigor de una vergüenza abominable. Tal circunstancia le valió, al eximio poeta, el más profundo odio por parte de todos aquellos que pretendían escribir literatura. Maldecían bárbaramente haber sido contemporáneos al genio, y rogaban que llegue el día en que tanto el autor inalcanzable como todas sus creaciones se encuentren sepultados bajo la tierra, el tiempo y el olvido.
Cuando el odio se vuelve colosal, alcanza un grado en el que no puede ser contenido por los límites del deseo, los malos augurios y el rencor silencioso, y acaba desembocando inevitablemente en la acción. Este genio es un intruso en el mundo ideal de los frustrados, rompe sus esquemas predeterminados y se hace merecedor de hostilidad por su propia existencia en el mismo plano. Es decir, es un visitante al cual se le debe negar tajantemente la hospitalidad kantiana. Sobra decir que no existe una matriz del intelecto que regule el malicioso accionar de estas personas. Se limita a una avalancha de acciones vagas que, en conjunto, procuran la destrucción de todo aquello que, ante sus bestiales ojos, es el mal que ha engendrado la tierra con el único objetivo de ofender su talento y su amada pasión, es decir, de ofenderlo a él en lo que es más íntimo, más suyo.
Uno de estos mediocres envidiosos, víctima hostigada por el rencor incontenible que antes fue referenciado, tomó la decisión de encender el recinto del genio que lo abrumaba, y apagar así, con fuego, la agonía que lo perseguía. En una noche tranquila y vulgar, donde no hay persona presente, ni estrellas, ni luz alguna, caminó por esas calles y, en maquinal actitud, asegurándose de que nadie lo vea, como un autómata nacido para el delito, arrojó un paño encendido hacia el recinto del autor. Se quedó frente a las llamas nacientes que comenzaban a envolver la estructura por fuera. Permaneció allí el tiempo exacto para poder disfrutar del fuego que avanzaba y poder alejarse antes de que cualquier transeúnte noctámbulo pudiese verlo allí. Su talento para los actos perversos escapa a todo debate.
Pese a que absolutamente todos sus escritos se perdieron, el autor genial sobrevivió sin ningún percance. Pues, en somnolientas horas, se percató del humo que ingresaba inescrupuloso a su habitación y, alertado, caminó tranquilamente fuera de su casa, huyendo sin pavor alguno. Se encontró pronto en la vereda donde, de pie en el mismo lugar en que hace minutos se encontraba el causante del fuego, observó quemarse su casa y todas sus pertenencias materiales, entre ellas toda su literatura. Pero la pérdida de todas sus creaciones no afectó en lo más mínimo el ánimo del autor. Eso ya había sido escrito, ya no le pertenecía ni valía nada desde su perspectiva, estaba fuera de él y, por ende, pertenecía, como todo lo demás, a la mediocridad llana del universo material.
Unos días después de lo ocurrido en esa noche, ya en su nueva casa, conseguida rápidamente, casi por acción automática de su prestigio en los círculos correctos, se sentó en su escritorio. Con la pluma ya entintada en su mano derecha, se dispuso a escribir, que era, después de todo, su vida. Su mente se quedó en blanco, tan blanca como el papel que tenía frente a él y que, antes, era un lienzo infinito sobre el cual plasmar su genialidad intrínseca. Ahora se presentaba como un mármol inviolable al cual no se podía ingresar para modificar su titánica naturaleza de rigidez inviolable.
Vio el fuego, imaginó su casa, la sintió arder junto a todos sus libros, los observó volverse cenizas.
No sabía qué escribir, notó que nunca lo supo, comprendió que lo natural ya no lo era, o nunca lo fue, supo ver la pérdida de algo y se vio imposibilitado de proceder como siempre lo había hecho. Encontró en él algo nuevo, algo que nunca había encontrado y, por tanto, cuya existencia ignoraba completamente. Esto era la duda. Por primera vez albergó en su pecho la duda. Habiendo advertido esto, con un pragmatismo voraz, frío y calculador, de ese que no admite titubeos, se arrancó la vida, ya sin duda alguna. No tenía nada que hacer aquí, lo había escrito todo.
Hoy, la relectura de sus obras arroja la desconcertante certeza de que había acertado en su última reflexión. No hay aventura del lenguaje ni de la inteligencia que escape de estar presente en el despliegue de sus oscurecidos renglones.





Markku Leottinsson, 2026

lunes, 1 de junio de 2026

Vestigio del último heraldo (Poema)

Vestigio del último heraldo

Al mando del sonido brutal
yo soy el trueno que irrumpe
quebrando el eterno espiral
para que así el lobo aúlle

Son sendas trágicas sin final
consientes de su debacle
presencia arcana, esfinge del mal,
demiurgo de hermosas artes

Puedo ser
estrella noctámbula que contemplar
mil astros errantes que deambularán
horizontes son, infinitos guiados,
anhelo de un soñador

Redacto una verdad
impregnada al tiempo
contemplo la totalidad
del basto firmamento

Donde se pierda toda fé
siempre estará el lejano Edén
desde su sueño de cristal
contemplará del más allá
el tiempo lo volverá sal
como la bruma de este mar

Se extinguirá bajo mis pies
esa ilusión que yo cree
se perderá y va a caer
la maldición del sueño aquel
paraíso que no será más

De las saladas lagrimas de Sobek
vienen mis hondas cadenas
cima de toda forma y saber
fuente de infinitas penas

Profeta del destierro final
de los témpanos más adustos
donde mis jardines nacerán
para hacer a esos huertos vetustos

Florecer
extiende las alas cuervo de Plutón,
cantad golondrinas del viejo balcón
preludio que escuda el alma de estaño
que llevas en tu Interior

Soy de mi andar
demiurgo y heraldo
del temor al frío mortal
soy vestigio y presagio


‎13 - 09 - 2015





Markku Leottinsson, 2026

Traición del olvido (Poema)

Traición del olvido

Otro día desperté
rondando entre sombras
con una música oscura
flotando en mi piel

Esta noche espíritus
gritarán en mi contra
y mis sueños me seguirán
unas horas más

Siento la muerte acercándose
es la traición del
olvido más cruel

He forjado en acero mi verdad
condenado al eterno
tormento sin piedad
en mi mente sigo la diafanidad

Y el sollozo mudo que
aturde en el viento cruel
es la esencia de mi andar
que trae la calma y hace estremecer
la vida
que nace y muere buscando el poder
inmortal

Y mis pensamientos
se volvieron ceniza
conspiran misterios arcanos
que nunca velé

Recojo guijarros
en cada cornisa
hielan mi piel confesiones
que ayer dejé atrás

Despertaré de este sueño
le he prometido al
espejo no desfallecer

He cavado tumbas en profundidad
he alzado altas murallas
en la inmensidad
sus paisajes no veré petrificar

Porque el libro negro es
el que narra mi caer
cumbre de la tempestad
martirio de sombras de consternación
hiriente
susurros nocturnos, pulcra ensoñación
inerte

‎12 - 12 - 2015





Markku Leottinsson, 2026

domingo, 3 de mayo de 2026

Peregrino del tiempo (Poema)

Peregrino del tiempo

Un llamado que surca aire y tiempo
un aullido de lobo en cadena
Demasiado puro como para morir
sigue su camino hasta el fin

Nombre de negro huracán
la embestida del terror en su voz fluctuará
hijos de la abnegación
resurgirán en una canción

Creando mundos de plata
así se honra el poeta
eco de ninfas secretas
que narran por igual

Su nocturnal caminata,
los susurros de Creta
o del cósmico cometa
el lejano andar

Peregrino del tiempo
de un letargo, de un sueño
que se pierde en lo inmenso
de la eternidad

Redactando así el más eterno
entre los textos y poemas
guardianes, hoy los llamo, a la posesión
de esta pluma y corazón

Ellos que custodiarán
los sabios senderos de ayer, guiarán
siempre la revelación
de mil caminos de ilusión

Igual que mirar el cielo
en la luz o en la sombra
se encuentra en el andar
su inmensidad al desplegar
su flagrante manto eterno de paz

‎08 - 10 - 2018





Markku Leottinsson, 2026

Viejas quimeras (Poema)

Viejas quimeras

El eterno ecúmene boreal
vagando entre el tiempo
vacío y sideral
manuscritos que pude encontrar
solo son retazos
del brillo crepuscular

El azul en la obra homérica
palabras incoherentes sin métrica
surcaré su camino abierto
inhóspito como el silencio en el anochecer

Contempla al verme
al último hijo del sol del este
ángel y estrella fugaz
revelando el manantial
escondido tras la puerta del mal

Memoria agreste
esclarecida en el presente
al observar lo real
oculto tras lo ideal
difuminada por la falsedad

Flujo que muere
y vuelve a continuar

Poderoso elixir que nos doblega
a perseguir viejas quimeras
un canto hacia el vivir que aún resuena
es la corona entre mis gemas
brillad

El sueño es efímero y fugaz
como un rayo que rompe 
el silencio mortal
en un amanecer de eternidad
desciende trueno y trae
el anhelado brillar

Donde el tiempo pierda su rumbo
y se forje de él un nuevo mundo
perpetuará su desconcierto
yace ante el punto donde no hay después

Fluir del tiempo
que nos lleva a caminos inciertos
un destino sin marcar
una senda sin trazar
una poesía que falta plasmar

Mirando atentos
los ojos del eterno tormento
como una fuerza sin par
pozo negro sin final
un laberinto que he de superar

Espejo que miente
para decir la verdad

Hechizo y dragón, castillo y estepa
bosques, montañas y praderas
espejismo y razón, niebla dispersa
que marcha junto a las cadenas
del mal

‎06 - 08 - 2017





Markku Leottinsson, 2026

martes, 7 de abril de 2026

Vientos del viejo canto (Poema)

Vientos del viejo canto

Redefinirme como eximio
parece llover en mares de nada
mi sombra es lo que yo soy
cuando toda luz se escapa

Es mi andar
lejos del jurado amanecer
nocturnal
cerca de la infame muerte yo estaré
Si es verdad
que mi universo tiembla

Es real este tormento
que aún siento en aumento
Ver que el tiempo se va
y no volverá nunca más
y cerraré mis ojos
como en aquel triste verso que canté

Pero en un lapso de tiempo
creo ver el sol en mis sueños
en ese solo momento
estoy aquí

Y siento que un ángel tirano
déspota, me ha hecho inhumano
han convertido mi sueño al fin
en sus oscuros aposentos
y jardín

Sé que encerrarme en mí mismo
en mi propio ser destroza el alma
la soledad me guía hoy
en mi búsqueda del alba

Soy esa voz
que los ha traído hasta aquí
tan atroz
vela por lo cuerpos que pronto han de partir
esta ciudad
está maldita por la niebla 

Desciende a los infiernos
de la tierra y sus espectros
Y las negras sombras ya
se disfrazan de luz del mal
trayendo nuevos vientos
que arrastran el viejo canto llegaré

Palacio de mil espejos
adornado por falaces reflejos
la fuga de este tormento
se encuentra en mí

Diabólicos son sus despojos
que se despliegan ante mis ojos
puedo ver la distancia morir
que separa la razón
del sentir

‎11 - 07 - 2017





Markku Leottinsson, 2026

Herencia fantasmal (Poema)

Herencia fantasmal

Camino perdido en busca de una guía
golpeo las puertas de la verdad
en el mundo donde se oculta el vigía
que guarda los restos del viejo cantar

No permitas que me pierda
en los abismos del sueño...
todavía huele a azufre aquí,
todavía hay ceniza en mi pecho

Cierro mis ojos
y un segundo pasó
nunca sanarán los restos
de una fe sin deidad

Distante arraigo, eternidad
presagio, herencia fantasmal
errante y perdida en el tiempo

Mi alma se tiñe de color asbesto
sueño distancias que se vuelven mar
repleto de trazos de antaño y anhelo
respira profundo el verso final

Dormiré a las afueras
de una noche sin tiempo...
me alejo de este sueño al fin
consumido por velados hechos

La sombra en sus hombros
susurra una canción
me hundo en los cimientos
de su antigua ciudad

Silenciosos heraldos son
diluyen el eterno adiós
camina entre estepas de sueño

‎28 - 08 - 2016





Markku Leottinsson, 2026

jueves, 19 de marzo de 2026

La venganza en el último aliento (Poema)

La venganza en el último aliento

La venganza es una bestia agazapada
en el rencor de la mente de los vivos
un truhán de intenciones despiadadas
que no ve las consecuencias ni los hilos

Desde esa cripta gastada por la historia
puedes oír el sollozo de un ausente
carne viva de muerte y carroña
ente de los sentimientos más urgentes

Enemigo natural del temor,
la razón y la piedad
reflexión subliminal del dolor
primitiva voluntad ancestral
ciega avanza,
esa es su causa
y su finalidad

A la luz de su rojo fulgor fatal
aturdido por el eco de su ansiedad
es un fantasma cruel que se llevará
lo que has amado y también lo que amarás

Nunca veré a mi deidad
postrada en la eternidad
mis dioses no son estatuas de metal
el cielo que ve amanecer
la tierra ve florecer
son libros abiertos hacia la verdad

Es la revancha ante un latente suplicio
reflexiones que el alma ha meditado
se entregó hasta perder el juicio
a que todo el universo está condenado

Es por eso es que hoy sepulta en ese dios
todo lo que en este mundo ha padecido
con lo último que queda de su voz
sueña gritar la furia que tanto ha escondido

Siluetas de sauces negros dejó
que buscan florecer
hasta el último aliento esperó
para en él al final converger
extendiendo
en tu eco interno
la polaridad

Es de tu frágil piel el muro que no está
para contener la ira del bien y el mal
infame ser sin voz halcón ciego y rapaz
persigue nubes en vano en desiertos de sal

Desvelos de la rosa que
perdiendo la vida fue
sus pétalos negros puedo recordar
Los sueños que he de anhelar
herejía y eternidad
tiempo que pasa, arrastrándome va


‎11 - 08 - 2020





Markku Leottinsson, 2026

Cortinas del nebuloso mar (Poema)

Cortinas del nebuloso mar

Aura nocturna, noche ideal
niebla espesa susurrando atroz
siento oír la voz
espectral

Siento el dolor de tu corazón
donde sepultas tu vida y tu honor
la obra que pintas
entre negras tintas
y pura pasión

Hijos ciegos de un crepúsculo
perdido en el horizonte
sueños que laten profundos
bajo el juicio del arconte

Por su Amor, por su Verdad
se volverán a levantar
miran el cielo buscando razón
una forma de soñar y de creer

Mi corazón se irá
perdiéndose en la eternidad
y mis latidos se desvanecerán
serán cortinas del nebuloso mar

Oigo un eco débil detrás
de las colinas gritan un adiós
escucho la canción
del final

Ser uno mismo, ser fraterno
mimetizar con tu eco interno
inmensa hazaña
ya sea montaña
o inmenso yermo

Auguro al cual las fuerzas siguen
en espejos colosales
al universo preceden
como el caos a los titanes

Y ciegos son porque no ven
se volverán a levantar otra vez
aunque en el fondo de su cerrazón
saben que no existe razón de ser

Fulgurante quietud
espejo de la noche azul
difuminando su estrella desde el sur
será amparado siempre por su luz



‎14 - 05 - 2014





Markku Leottinsson, 2026

Antagónica peregrinación (Poema)

Antagónica peregrinación

Supo morir bajo el acero
más despiadado, cruel y mortal
más hoy es llanto del mundo entero
la batalla que no puedo ganar

Antagónica peregrinación
la imagen del héroe rompe el ideal
como ayer en los cielos de Sión
un héroe arcano supo pelear

Alma errante sin sentido
su sombra implacable viene del más allá
poeta de sangre sin destino
se acerca a la luna para robar su faz

Volverás te oirán llegar
y contigo traerás
la venganza y el trueno que
cambiará para siempre la historia

Viejo enigma quiebra el cielo
revelando su verdad
vacío negro y desconsuelo
al filo de la eternidad

Alzó su mirada un instante
el ángel del cielo en llamas caerá
vio el brillo del rojo diamante
que verdugos en sus palmas portarán

Representaste la revolución
concepto necio, vacío y vulgar 
derrocando a tu progenitor
llevaste las alas del mundo a volar

Victima nunca del olvido
Su historia es leyenda, un símbolo ancestral
primer ángel libre, el camino
lucero en la noche, hacia la eternidad

No hay final que no pueda cambiar
ni penas que llorar
el destino como un cincel
forjará en lo eterno la gloria

La distante travesía
va acortándose su faz
renglones que la agonía
de la pluma escribirá



‎24 - 03 - 2016





Markku Leottinsson, 2026