LOS DÍAS PARA UN ENJAMBRE: EL DÍA DEL MECANISMO
Toda muerte es una tragedia, y toda vida arrastra la inexorabilidad de la muerte, la vida es, entonces, tragedia potencial constante. Y esto lo advierte quien se haya entregado al arte elevado alguna vez. Se puede decir que todo rastro o acto de felicidad, de amor, o de eternidad, conspira contra el universo. Va contra él, lucha contra su malevolente voluntad.
Siguiendo esta línea de pensamiento podemos afirmar que, cuando se actúa contra natura, se lucha contra el trágico final. Pero existen ocasiones donde Él, que es quizás el mayor maestro en todo arte, hace de la ironía su veneno en acción. Toda muerte es una tragedia, toda vida es una tragedia; mas no hay historia trágica más amarga que la que no se alcanzó a forjar, no hay peor muerte que la de un fugaz fuego de artificio, como Oscar supo contarla.
Todas estas reflexiones rondaron su mente durante los días que aquí se narran.
Traunio despertó, con un fuerte sabor a incienso en los labios, de algún modo reconoció ese sabor como propio, como familiar. Será porque tiene la sensación de volverse ceniza a cada instante, o la suprema percepción de la inmediatez inevitable. Cenizas y aire, solo cenizas y aire, o quizás es el sabor natural de una madrugada después de menos de dos horas de sueño.
Traunio despertó, solo para continuar con la rutina que desde hacía unos días había consumido todo su tiempo obsesivamente; se sentó nuevamente frente al espejo, tomando el extraño mecanismo en sus manos y observándolo intensamente, con una actitud que oscilaba entre la curiosidad y la obnubilación total. A medida que su reflejo, justo frente a él, imitaba cada uno de sus movimientos, sus ojos y sus pensamientos paseaban, se perdían en los laberínticos engranajes que componían el mecanismo, que formaban toda su compleja formación, como si se tratara de una obra que no podía ser creación más que del artesano supremo, del máximo arquitecto cósmico, como si nada que no excediera los parámetros racionales pudiera haber formado parte de la elaboración de tan singular artilugio. Mientras divagaba, su reflejo se hacía más extraño, más distante, más irreal. De repente, cuando se encontraba perdido en los más profundos pensamientos, levantó la mirada y lo vio.
Traunio despertó de su trance, saltó violentamente de su silla, no sin antes dejar sobre su escritorio al extraño artilugio, con la misma suavidad con la que las nubes acarician el horizonte. Con un puntapié quebró el espejo y rompió el reflejo que se ocultaba tras esa puerta de cristal y plata; destruyó así a su siniestro doble. Pero su reflejo aún estaba ahí: en cada trozo del espejo que descansaba en el suelo había un nuevo reflejo de él. Era una señal que no podía ignorar.
—¿Por qué? —gritó—. ¡Son millones de espejos! ¿Por qué están todos unidos en uno sin necesitarse? ¡El reflejo es exactamente igual!
Y entonces, como si el mecanismo hubiera encontrado por fin su lengua, algo sonó dentro del espejo.
—Solipsismo —exclamó la voz final.
Mientras tanto, sus ojos recorrían cada centímetro del suelo de su habitación, buscando sus ojos en cada reflejo, esos mismos ojos en cada reflejo, esos mismos ojos que desde hacía tantos días lo observaban, lo veían existir.
—Proyección —exclamó la voz final.
Como última opción, para detener la abrumadora sensación opresora que la visión de los ojos le provocaba, se puso de rodillas y, con su puño cerrado, se dispuso a quebrar los reflejos, los ojos; pero en el momento se detuvo y gritó:
—¡No! —Levantó su puño iracundo, llevándolo tras su cabeza—. ¡El espejo se rompe y el reflejo se duplica!
—Entropía —exclamó la voz final, concluyente.
Y Traunio, que había sido creador, supo por primera vez que algo lo estaba creando a él.
La ciudad deambulaba sus ancianos senderos inviolables, día a día, todos los hombres por igual, fieles a su rutina, ignoraban por completo las penurias de la mente que se deshilachaba entre las paredes de una habitación oculta. Los hechos metafísicos no alteraban en nada su jornada; les resultaban irrelevantes, dolor efímero de un ser intrascendente y pasajero. En la ciudad los bancos abrían sus puertas, las cartas comenzaban sus viajes individuales hacia destinos varios, los jardineros iniciaban su labor de embellecer las flores. El zapatero revisaba, como siempre, antes de comenzar cada día, un par de viejas botas de cuero negro, las cuales un anónimo visitante le legó con la intención de que las reparase, pero jamás volvió por ellas. En ellas guardaba sus diamantes con recelo, pues suponía que jamás nadie buscaría allí en caso de pretender hurtarle tan valioso tesoro.
La mente de Traunio ya era cada vez menos mente, convirtiéndose en una máquina inerte que ejecutaba un patrón cíclico. Cada vez actuaba más por inercia, y sus emociones eran como las flores de un parque diariamente atravesado por cansinos suicidas habituales, caminantes de las sendas para ellos tramadas; dichas flores se encuentran allí, sí, pero no alteran en nada las elecciones ni lo que acaba por pasar, tan solo alcanzan a embellecer el paisaje y endulzar la vista unos instantes, una bonanza efímera.
Intrigado profundamente, cada vez más, hacía unas semanas había pasado todo un día tomando medidas, y se aseguró de que su presunción fuese correcta.
—Existe un espacio tras esa pared, un lugar vacío encerrado entre paredes —afirmaba.
El agotamiento físico lo venció; no pudo seguir ese día, pese a que la intriga lo empujara a continuar hasta develar todo secreto. Quizá los números no lo demuestren, quizá las mediciones pragmáticas que ha efectuado no arrojen tal evidencia, pero se negaba a admitir que no hay un secreto tras esos muros; él reconoció su poder y procuró no caer en la trampa que la realidad le había plantado.
—¡El muro caerá pronto! —se juró.
En medio de su atávica labor sintió el llamado, inconfundible. Desde su mesa lo llamaba el artefacto, aquel mecanismo ancestral. El movimiento de sus componentes, la profundidad de sus engranajes eran la caja de resonancia magna de un canto recóndito sin significado, con el único e inconfundible valor de ejercer «la llamada», reclamar la presencia, la advertencia sobre sí. Al vibrar el aire al compás del artefacto, todos los sentidos de Traunio se vieron arrastrados hacia él; su mundo, ahora, era la acción de los componentes del artilugio.
Abandonó la tarea de destruir el muro, abandonó también cualquier otra ambición; el sonido se hizo incesante desde ese mismo momento. Aquel sonido, campana de un eco eterno, acudió como a sellar el muro antes de su caída, y condenó a Traunio a limitar su conciencia a las acciones del mecanismo.
Así como los habitantes de la ciudad, como él mismo antes, Traunio y su mente siguieron su inquebrantable rutina. Pero ya no consistía en paseos por el parque donde observar flores insípidas, sino en la constante y gélida observación de las jornadas mecánicas y su influjo universal.
Anyona lo amaba, y por ello penaba, le dolía verlo así. Él la había olvidado hacía ya mucho tiempo, pero no por eso el dolor de Anyona era menos real. La concibió —compañía silenciosa y maleable— cuando las horas de soledad amenazaron su cordura, como fantasmas sonámbulos que arrastran oxidadas cadenas, mucho antes del mecanismo. Anyona era fantasmal y etérea, como encadenada a lo imaginario, carente, como lo que solo sabe ser gentil. Traunio sabía que, en el momento de su último aliento, solo le quedaría aire en los pulmones para suspirar una cosa:
—Anyona me ama…
Esto le asqueaba, le avergonzaba; la mera existencia de Anyona era una declaración inolvidable de lo patético de su propia imagen, la definitiva afirmación de que su mente admite que jamás podría existir nadie capaz de dedicar amor hacia un ser como él. Con esta percepción en su alma es que, tiempo atrás, había optado por abandonar a Anyona en las fosas del olvido, aunque, desgraciadamente, y con cada vez más frecuencia, su recuerdo volvía en forma de angelical lamento a perturbar sus vigilias.
Estas visitas espectrales cesaron luego del día en que el mecanismo se apoderó de la mente de Traunio, ahogando sus sentidos, ahogando su inmanencia en la nube embriagadora de su cósmica marcha infinita. Su vida toda, minuto a minuto, abocada completamente a su andar, arrojado a la travesía de descifrar sus códigos infinitos.
Nos toca aquí hablar del origen del mecanismo; las manos de Traunio jamás antes ni después han conocido obra similar, solo había sabido tener contacto con vacíos intentos fallidos en constante colapso, nada como la maquinaria perfecta que el artilugio representaba. Resulta una osadía colosal pretender arrojar luz plena sobre un hecho que el mismo Traunio no ha conseguido comprender en su totalidad, ni se ha dispuesto a intentarlo; la eternidad será la encargada de conceder perdón, o no, a tan ruin blasfemia.
Lo que puede establecerse como afirmación taxativa es que los inmemoriales engranajes poseen su génesis, si es que la poseen, en un tiempo que se escapa a nuestra comprensión, como las epopeyas de las míticas constelaciones; es un año sin nombre, más allá de lo que podemos englobar con la palabra tiempo. Ha estado aquí mucho antes y aquí estará, aun en locomoción malsana, cuando los últimos resabios de las vampíricas almas de los más sabios poetas y filósofos hayan sido reducidos a la insignificancia del polvo.
Traunio despertó, un día, quizá aún inconsciente, arrastrado por sus visiones oníricas, inspiradas tal vez por la entidad que luego albergaría el mecanismo, y construyó la maquinaria que luego robó sus sueños y sus días. Traunio construyó el artefacto con técnicas que le eran desconocidas hasta antes de la construcción del mismo, utilizando materiales desconocidos para él, y que le resultarían imposibles de replicar luego, pese a sus incansables y frustrantes intentos en el hábitat de Hefesto. Pero durante la elaboración del circuito bestial todo parecía fluir, como si en sus sueños hubiera sido poseído por una musa histérica; el material surgía espontáneo desde la punta de sus dedos, y sus movimientos de artesano cósmico eran ligeros, naturales y precisos, como si hubiera hecho lo mismo en otros tiempos, en otros universos, en infinidad de ocasiones. Hasta que por fin terminó la construcción del alucinante aparato; inmediatamente después comenzó su miserable calvario, una obsesión por él.
Ya durante los primeros días de la observación comenzaron a surgir de su mente reflexiones extrañas, ajenas, no porque no fueran naturales en él, sino porque eran realidades imposibles, con las que jamás había tenido contacto. Sentimientos como el miedo, reflexiones sobre la muerte, emociones tan humanas, se hicieron presentes en su mente; ideas sobre un universo malvado que lo arrastraba hacia un supuesto final. A él, a un ser divino, a un creador, tales conceptos no podían serle más ajenos. Aun así, estas ideas retumbaban en sus pensamientos, como un martillo punzante; sus reflexiones sobre tales cuestiones, tan absurdas para él, eran profundas y apasionadas, emotivas y desgarradoras, y así continuaron.
Un día, con el recuerdo, casi extinto, del rostro de Anyona aún en su pupila, como imago mortis, y con lágrimas amargas como despedidas, sus ojos se secaron. No hubo estruendo ni ceniza visible: solo el breve parpadeo de una luz que se extingue. Traunio yacía sin vida, no despertaría más de ese sueño. El mecanismo, inalterado, brillaba con más fuerza, con más vida que antes; el oxidado color dorado que lo caracterizaba lucía especialmente ámbar, como si a su brillo áureo se le hubiera amalgamado un oscuro castaño, el mismo color que, en vida, habían tenido los ojos de Traunio.
El sol se elevó sobre el horizonte al amanecer; las personas volvieron a sus tareas habituales, a recorrer sus habituales senderos. Hasta el zapatero siguió igual, con sus diamantes escondidos en sus viejas botas de cuero negro, para que nadie jamás los vea.
El mecanismo, indudablemente, aún se encuentra intacto, incorrupto en medio de las decadentes ruinas de algún mundo devastado, rodeado por un entorno carente de significado. Una eminencia de la devastación que no puede comprenderse con la lógica de la maldad ni del instinto, sino únicamente con la naturaleza de una entidad que los excede brutalmente. ¿Cuántas vidas arrastrará esa esfera de maldición? Abandonada, una fuerza suprema sabrá conservar su inerte perdurar, mientras los tiempos remotos se deshojan a su alrededor, viendo a sus dioses, sus colosos, caer trágicamente.
Markku Leottinsson, 2026